Monday, March 9, 2015

nuestro peor enemigo




He estado un poco deprimido esta última semana. No estoy seguro por qué, exactamente, pero pienso que tiene algo que ver con una exposición de arte, ratas y tráfico.

Recientemente me compré un mini-van, para trasladar arte y empezar a tomar mi trabajo como un “artista” un poco mas en serio… Probablemente haya algunas pocas cosas interesantes que decir acerca de esta historia en sí, pero por ahora el punto es que cuando compras un auto, no importa cuánto odies los autos, eventualmente lo vas a manejar, para ir a conseguir materiales, o entregar una pieza de arte, o lo que sea. En el pasado, mi profundo odio hacia la cultura del auto me había llevado a tomar un gran orgullo en ser un conductor de coche increíblemente aburrido. Los autos son armas contra la humanidad y el planeta; así, los trato con respeto exagerado. Yo conduzco como la little old lady estereotipada cuando va a la iglesia el domingo.

Excepto que ya no tanto, recientemente. Ahora me encuentro a mí mismo reaccionando como cualquier otro automovilista estresado de la ciudad de México: doy vuelta a través de muchos carriles ; me corro la luz solo para quedar atrapado en el tráfico 10 metros adelante; les echo el coche y me acerco demasiado como todos los demás. Una vez una niña herida y su mamá cruzaron la calle frente a mi, contra la luz. Aceleré al principio, luego bajé la velocidad… ¿Por qué la reacción cabrona al principio? Yo no quería quedar atrapado en otro semáforo (un minuto o menos).


Así que tuve que preguntarme a mí mismo, ¿por qué de repente soy tan cabrón detrás del volante? Probablemente estoy igual de estresado y propenso a la agresión como cualquier otra persona; podría ser que en la medida en que envejezca, solo me estoy haciendo mas cabrón en general. Pero lo dudo un poco. Pienso que la respuesta podría tener mas que ver con las ratas en jaulas que conmigo.

Recientemente, un artículo del huffpost circuló alrededor de redes sociales, “TheLikely Cause of Addiction Has Been Discovered, and It Is Not What YouThink.” (“La causa probable de la adicción ha sido descubierta, y no es lo que usted piensa.") En él, el autor describe su odisea personal en la investigación de la guerra contra las drogas, y se centra específicamente en un famoso experimento psicológico de los años 70 por Bruce K. Alexander. La opinión predominante sobre la adicción a las drogas en el siglo 20 (antes se considerara una falta moral, no una enfermedad) fue que era una respuesta fisiológica a algo en la droga, y esto se comprobó con un número interminable de experimentos en los que las ratas o los monos elegirían la metadona o la cocaína o la heroína sobre la comida y el agua, hasta la muerte

 
Estos experimentos (muy poco éticos y que todavía se llevan acabo) produjeron poderosas narrativas políticas en la guerra contra las drogas: las drogas eran malas; podían matarte, o hacer que te mates. Las drogas eran una plaga de la juventud. El único problema con estos cuentos es que sus conclusiones no se ajustaban a los experimentos. A finales de los años 70, llegó Alexander diciendo que lo único que estos experimentos demostraban era que un animal estresado, traumatizado, enjaulado, elegirá las drogas sobre su “vida”, no que la adicción fuera inherente a la sustancia. Y luego él diseñó un experimento que lo demostró.

Resulta que si pones una rata en un parque con un montón de amigos y amantes y juguetes y comida y bebida, de repente no prefieren que el agua esté mezclada con drogas, ni siquiera si es endulzado para que sepa a postre. La conclusión obvia es que el problema de la adicción se encuentra en la jaula, no en la rata o la droga.



Esto es algo que cualquier adicto recuperado o recuperándose puede decir con toda sinceridad. Grupos como AA y NA funcionan porque se centran en la transformación de la jaula (a pesar de su retórica de la responsabilidad individual). La actividad principal de la recuperación es estar con otras personas; un adicto de repente se encuentra a sí mismo o misma como parte de una gran comunidad con valores y actividades compartidas. Y no tan milagrosamente, la gente cambia; ellos dejan de consumir drogas de forma más frecuente que los tratados únicamente por razones médicas o psiquiátricas. El problema es la jaula, el contexto, la sociedad.


Cuando fui arrestado por atacar a cuatro policías con un sacacorchos que estaba en mi bolsillo (nunca en mis manos), este fue el principal punto de discordia entre yo y las instituciones desatadas contra mí. Yo dije en repetidas ocasiones, "Estoy bien; todos ustedes son el problema”. Y todos me dijeron que estaba loco. Y aunque ningún médico o abogado o juez en ningún momento trato de convencerme de que yo había en realidad atacado a la policía, o que fui detenido haciendo algo ilegal, todos insistieron en que yo era responsable de mi confinamiento solitario, encarcelamiento, y hospitalizaciones psiquiátricas forzadas, que mis acciones me llevaron a mi situación. Yo era el problema, no la jaula.


He reflexionado sobre esto recientemente, desde el momento en que aceleré sin pensar en la niña herida cruzando la calle. ¿Por qué había vagado tan lejos de lo que yo creía (y creo) que es la manera correcta de interactuar con el tráfico (y la gente)? ¿Qué había ido mal en mí? Y después se me ocurrió, yo estaba simplemente actuando de la manera en que la situación me había llamado a actuar. De ninguna manera me estoy absolviendo de la responsabilidad. Todo lo contrario. Quiero hacer hincapié en que hay que estar atentos frente a lo que cualquier situación exige de nosotros. El tráfico de la ciudad de México es caótico, agresivo, y muestra poco respeto por la vida humana. Cuando empecé a conducir aquí, conduje de la forma en que siempre lo había hecho: lento, cauteloso, aburrido. Pero rápidamente me enteré de que era casi imposible llegar a alguna parte si no conduces agresivamente, nadie te permite entrar o te cede el paso ... y si percibían que estabas manejando demasiado lento, te gritan y te tocan el claxon, se meten, etc. Así que cedí a las exigencias sistémicas de conducir un coche sin siquiera considerarlo. De hecho, me sentía bien al respecto: miro lo capaz que soy de moverme en este sistema extranjero.

Cualquier sistema de (re)producción tiene maneras de asegurar que sus elementos autónomos actúan acorde. Y eso es realmente deprimente. Bueno, no exactamente. "Deprimente" sería el término menos adecuado. Desesperado. Angustiante. Sin esperanza. Trágico.

Déjame tratar de explicarlo por medio de una exposición de arte.


Una amiga mía trabaja con un grupo de artistas con sede en la Oficina de Arte, un espacio para las artes en el centro de la ciudad de México. Y el título de su reciente exposición me llamó la atención: “La búsqueda del enemigo interno”. En mi contexto en la Ciudad de México, como artista y activista de tendencia anti-autoritaria, esta exposición se comprometió a abordar un tema importante.

El espacio artístico está en un distrito comercial (de mercados negros, grises, y "legítimos") en el centro histórico. Durante el día, es un laberinto agitado de tiendas, tráfico, granaderos, cajas, puestos informales, y bocinas con música electrónica o que amplifican las voces-cantadas de los vendedores ... Poca gente vive ahí. La mayoría de los edificios coloniales históricos se utilizan como almacenes para los vendedores ambulantes. A pocas cuadras se puede comprar de todo, desde un brillo de labios, a un taladro eléctrico, hasta cualquier número de adolescentes que están a la venta a lo largo de una calle llena de tiendas de bicicletas. Durante el día, está lleno más allá de la capacidad. Por la noche es un desierto Es un ambiente que huele a esperanza, desesperación, dinamismo y conflicto; es un ambiente sumamente capitalista.

Normalmente no creo que sea importante mencionar el barrio de un espacio de arte; apesta, un poco, a las páginas de estilo de vida de una revista de moda del siglo 20, donde un escritor podría mencionar el mal barrio al que fue a encontrar una historia interesante. Pero en este caso es importante. Todas las obras anónimas en la exposición hacían referencia, en una u otra forma, a los espacios caóticos y conflictivos del centro de la ciudad de México.



Subes cuatro pisos para llegar a la galería. El edificio es exactamente igual que todos los demás en este barrio: piso tras piso de apartamentos convertidos en almacenes y talleres. En medio de todo esto, desde el hueco de la escalera, se pueden oír los sonidos familiares de una inauguración en una galería: risas, conversación, el tintineo de vasos y el zumbido de cámaras DSLR. Pero a partir de la entrada, hay algo que no se siente bien.

La entrada de la galería está parcialmente bloqueada por una especie de túnel vaginal deforme hecho de cartón y cinta de embalaje, con el acento ocasional de pintura UV y blacklights.



Es un efecto extraño. Se lee como una mierda amateur, en un primer momento, como si se tratara de un set teatral para un fábula en una escuela de primaria. Pero hay algo más que eso. La iluminación, la pintura, lo artesanal es intencionalmente malo. Está diciendo algo como: Quiero ser una bonita obra de arte contemporáneo, pero realmente prefiero ser interesante, tener un punto. Y lo hace, mas o menos. Tu eres el punto de la obra. Este túnel-de-amor te hace bailar, moverte de cierta manera rítmica y retorcida sólo para entrar en la galería. Mientras camino a través de él, inmediatamente recuerdo las multitudes afuera terminando sus jornadas de trabajo. También me recuerdo de la multitud en la galería, o en cualquier inauguración donde las conversiones cuidadosamente construidas y los vestuarios muy acá interfieren con tu capacidad de moverte libremente a través del espacio, para interactuar con lo que es, presumiblemente, el propósito de la exposición - el trabajo artístico. Caminar a través de este túnel de cartón, fabricado de los desechos del comercio al exterior de la galería, desechos que están muy disputados y comprados y vendidos por los carroñeros, enfatiza una visión especifica del otro - el otro es o un disturbio , en el mejor caso, o un combatiente real en el drama del disfrute de tu vida.

Después de forzar tu camino a través de pequeños vestidos negros y conversaciones media borrachas, la próxima obra de arte que encuentras es una especie de tótem al comercio del tercer mundo:


Es un falo improvisado adoquinado de materiales viejos y nuevos que parece como si debería estar sosteniendo en el techo; pero, en realidad, se mantiene en su lugar por la estructura que supuestamente apoya. Me parece interesante que esta columna se pierde totalmente en el espacio expositivo. Nadie la pone ninguna atención. En un momento, incluso me di cuenta, que una joven elegantemente vestida se apoyaba contra la columna, aburrida o incómoda. Tal vez ella sabía que es una columna precaria falsa, que en realidad no apoya nada. Tal vez a ella no le importa si hace que todo se derrumbe sobre nosotros. Whatever, voy a buscar una cerveza.

En una sala aparte, en lo que me imagino es la galería formal, hay tres obras más.


Es un poco difícil de describir el efecto de estas obras. Para empezar, el espacio no está dominado por las dos grandes obras - una instalación y un mural - que se ven en la imagen de prensa anterior; el espacio está dominado por la gente.


Y aunque normalmente un crítico o espectador querrían ver y pensar en estas obras como autónomas, como separadas unas de otras, estoy bastante seguro de que las piezas en sí nos piden pensar en ellas como parte de su entorno.

La instalación cuenta con una plataforma de concreto que ocupa la mayor parte del espacio en la sala; en el centro de la misma hay una cubeta llena de concreto con un poste de luz que sale de ella. La cubeta está pintada de camuflaje. En una pared, hay un enorme mural que representa escenas de la inestabilidad política en el contexto de gráficos, tablas y eslóganes publicitarios.

Hay algunas diversas lecturas coherentes que se pueden hacer de estas dos piezas y sus elementos. Pero, debido a la forma en que se presentan, creo que hay que verlas como un conjunto; una obra obstruye visualmente y literalmente a la otra, es imposible verlas por separado. Esta interacción visual tiene el efecto de reclamar la totalidad de la superficie de exposición como parte de la obra de arte, incluyéndonos, los seres humanos. Nosotros, las personas, somos parte del conflicto que el trabajo refleja y presenta. Todos en el cuarto están tratando de moverse en el espacio, torpemente. Pero los caminos no cubiertos por concreto y arte son tan pequeños, que el ver la obra y la navegación por el cuarto es casi imposible.

Y fue entonces que el pesimismo profundo y horrible de este espectáculo comienza a a sentirse.

La cubeta llena de concreto es un marcador omnipresente en la Ciudad de México. Es la forma en que las personas y las empresas reservan los espacios callejeros cerca de sus edificios. Y es una táctica de mano dura. Tu tomas el espacio. Tu lo reclamas. Es tuyo y lo defiendes. Y los conflictos crecen rápidamente. En frente de mi casa he visto estos espacios que se disputan con tubos y ladrillos, por una cuestión de centímetros.


En la exposición esta cubeta está pintada para sugerir un uso militar-industrial. Y atascado en ella, una barra fluorescente brillante gigante, sugiriendo al mismo tiempo el militarismo épico de espadas de luz y la realidad mundana de trabajo por turnos en condiciones de iluminación de 60 ciclos.

 
Si esta instalación de concreto y de sables de luz nos sitúa en un conflicto sobre el espacio físico y simbólico en la galería y en nuestra propia ciudad, a continuación, el mural nos muestra nuestro contexto más amplio. Gran parte del conflicto simbolizado por la cubeta de concreto es microeconómico; representa guerrillas territoriales sobre el lebensraum necesario para pintar coches o vender iphones. El mural, sin embargo, nos recuerda la realidad macroeconómica de estas pequeñas disputas. Sobre un fondo azul los eslóganes de la publicidad masiva, la información gráfica sin fin, y el mundo reducido a una bolsa de valores, eclipsa la imagen ocasional de unos revoltosos, siluetas sin rostro. Esta es la visión más pesimista de la resistencia que he visto en mucho tiempo. Lanza una bomba, haz disturbios, mata a un policía, haz lo que sea, eres una pequeña parte de un sistema más grande y más complejo que te reduce a nada.




Al principio, la tercera obra en este espacio es invisible, enterrada debajo del peso visual de las dos otras piezas. La encuentras casi golpeándola, pensando ¿qué es este pedazo de mierda en mi camino?. La obra consta de tres ensamblajes a pequeña escala de materiales diversos y comunes - basura realmente - del tipo que puedes encontrar en una tienda de dólar con stickers de “made in china”. Y si miras de cerca, se ve que están precariamente suspendidos, sujetados con pinzas baratas y equilibradas, a veces en una esponja. Supongo que en otro contexto, estos pequeños conjuntos podrían significar lo que sea. Aquí, es difícil no verlos como un espejo.


¿Qué somos, los seres humanos, en el contexto de las relaciones micro y macro capitalistas? En esos pequeños ensambles encuentro una respuesta a esa pregunta – somos baratos, reemplazables, conglomerados mezquinos de basura capitalista que apenas logran vivir, siempre a punto de desmoronarse.


Un "amigo" mío comentó en un video que publiqué en mi página de Facebook. En el video aparecen varios policías estadounidenses que le disparan a un indigente que estaba luchando con ellos. Lo matan. El comentario de mi amigo era simple: “otro saco de mierda muerto.” Y ese horrible pesimismo y misantropía existe como la raíz de esta muestra de arte.

El enemigo del título somos nosotros, tu y yo y los artistas de la expo, así como todos los otros sacos de mierda afuera vendiéndose a sí mismos, a su mano de obra, o a la chatarra barata que han importado de China. Al salir de esta exposición, no puedes negar el sentimiento de que tu y todos los demás son enemigos dentro de un conflicto en todas partes, aunque lo quieras o no.

Y esta respuesta a la cuestión de la búsqueda del enemigo interno es donde los experimentos con ratas y jaulas y drogas se vuelven verdaderamente interesantes. Si tenemos en cuenta que el problema es la jaula, no la rata, la solución se vuelve bastante simple, cambia la jaula. Pero, lo que esta exposición y la Ciudad de México en general sugieren es mucho mas complejo: que somos nosotros mismos la jaula, que no hay ni dios ni científico afuera de nosotros controlando los parámetros de nuestra existencia. Sólo hay “nosotros”, y nosotros somos nuestro peor enemigo.

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